Emirato Dependiente de Damasco (711-756) La nueva provincia del Islam, llamada Al-Ándalus, fue dirigida por gobernadores nombrados por el califa de Damasco. Fue un periodo de gran confusión, consecuencia del enfrentamiento entre los invasores y de las revueltas de los bereberes, quienes fueron apartados a las zonas menos atractivas de la Península.Emirato Independiente de Bagdad.. Historia de al-Andalus Aunque la palabra al-Andalus tenga distintos matices en las fuentes árabes, el concepto de al-Andalus remite al territorio de la Península Ibérica que se encuentra bajo poder musulmán, que se extiende entre los años 711 y 1492.
La historia de al-Ándalus, la sociedad islámica que se formó en la península ibérica en la Edad Media, se inicia con la conquista musulmana de la península ibérica, que los musulmanes llamaron al-Ándalus y que se integró inicialmente en la provincia norteafricana del Califato omeya. En el año 756 se convirtió en el Emirato de Córdoba y posteriormente en el año 929 en el Califato de Córdoba, independiente del califato abasí. Con la disolución del Califato de Córdoba en 1031, el territorio se dividió en los primeros reinos de taifas, periodo al que sucedió la etapa de los almorávides (y los segundos reinos de taifas) y la etapa de los almohades (y los terceros reinos de taifas). Con el avance de los reinos y condados cristianos de las montañas del norte peninsular (en la llamada «Reconquista», un término cuestionado por gran parte de la historiografía actual) el territorio de al-Ándalus se fue reduciendo, hasta que la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492 puso fin al último estado musulmán peninsular (el reino nazarí de Granada). Mientras que una parte de los andalusíes emigró al norte de África, la mayoría quedó bajo el dominio de sus nuevos señores cristianos, convertidos en «mudéjares», hasta que a principios del siglo XVI fueron obligados a convertirse al cristianismo. En 1609 estos «moriscos» fueron expulsados por orden del rey Felipe III.
La arabista española Maribel Fierro ha señalado que la compleja historia de al-Ándalus, que «tiene un lugar relevante en la historia y la cultura universales», viene «determinada en gran medida, por la situación geográfica: periferia occidental del mundo islámico, frontera con la cristiandad latina, ambivalente relación con la otra orilla del Estrecho marcada por la necesidad y la alteridad, y cómo ello influyó en los procesos y desarrollos de las sociedades y los individuos que conformaron lo que fue al-Andalus».
Antecedentes
El reino visigodo
Los investigadores modernos destacan que el reino visigodo de Toledo arrastraba desde finales del siglo VII una grave crisis social y económica-fiscal que afectaba a la estabilidad de sus estructuras en todos los ámbitos políticos, militares, jurídicos o eclesiásticos y lo situaba en un proceso de descomposición, con altas probabilidades de quedar escindido en diversos poderes o ser absorbido por una potencia mayor como finalmente ocurrió con los musulmanes, o ser anexionado dentro de un tiempo al Imperio franco carolingio.
La expansión musulmana
Como ha señalado Maribel Fierro, la oleada conquistadora iniciada tras la muerte de Muhammad en el año 632, les condujo «a los musulmanes salidos de la península arábiga a formar un imperio. En el este, el Imperio sasánida desapareció bajo el empuje de los musulmanes, quienes llegaron hasta el valle del Indo por las mismas fechas en las que por el oeste caía el reino visigodo. Por su parte, el Imperio bizantino logró mantener su capital, Constantinopla, pero sufrió fuertes pérdidas territoriales, incluyendo sus posesiones norteafricanas. En pocas décadas, los musulmanes conquistaron Egipto e Ifriqiya (que corresponde al actual Túnez), donde fundaron la ciudad de Qayrawan en 670». A continuación dominaron a las tribus bereberes de los actuales Argelia y Marruecos y, tras conquistar la península ibérica, su avance solo quedó frenado por la derrota de Poitiers en 732.
Conquista musulmana de la península ibérica
En la primavera del año 711, Tariq ibn Ziyad ―lugarteniente de Musa ibn Nusair, gobernador de Ifriqiya (actual Túnez), en nombre del califa de Damasco― cruzó el estrecho que separa África de Europa al frente de unos 18 000 hombres —bereberes en su mayoría, aunque también con presencia de árabes— y desembarcó en la actual Gibraltar ―que será llamada así en honor suyo: “Yebel Tarik” o ‘montaña de Tarik’―. A continuación derrotó al ejército visigodo encabezado por el rey Rodrigo en la batalla que tuvo lugar junto al río Guadalete y después ocupó Toledo, la capital del reino visigodo. Al poco tiempo llegó un nuevo ejército musulmán al mando del propio Musa ibn Nusair. La ocupación de la Península quedó completada en sólo dos años ―en unos casos mediante la conquista; en otros mediante acuerdos con miembros destacados de la nobleza visigoda, como el Pacto de Tudmir―.
La conquista de la península ibérica ―que los musulmanes llamaron al-Ándalus― duró relativamente poco por el súbito desmoronamiento de la Monarquía visigoda y por las luchas internas nobiliarias que la azotaban y también porque los invasores llegaron a acuerdos con la población local por los que respetaban sus formas de autogobierno, les permitían conservar la mayor parte de sus tierras y aceptaban la práctica religiosa cristiana a cambio del pago de un impuesto específico.
Los musulmanes entendieron la conquista siguiendo el concepto coránico de fath definido en la azora cuadragésimo octava, que alude a la conquista de La Meca por Mahoma, al triunfo del profeta sobre sus enemigos, de ahí que fuera el término empleado para referirse a la expansión musulmana durante el siglo VII y comienzos del VIII a la que el fath dota de connotaciones sagradas, providencialistas y legitimadoras. Como ha afirmado el historiador británico Bernard Lewis, citado por Alejandro García Sanjuán, «no las veían como conquistas en el sentido habitual de adquisiciones de territorio, sino como derrocamiento de regímenes impíos y jerarquías ilegítimas, y como la “apertura” de sus pueblos a la nueva revelación y providencia». Por su parte García Sanjuán ha subrayado «su fuerte contenido providencialista, en función del cual el sujeto de la acción es el propio Dios». Así, las fuentes árabes describen la conquista de al-Ándalus con frases tales como «Dios conquistó al-Andalus para los musulmanes», «Dios derrotó al tirano Rodrigo y conquistó al-Andalus para los musulmanes» o «Dios conquistó al-Andalus por mano de Müsà».
Valiato de al-Ándalus (711-756)
En el momento en que se produjo la conquista de la península ibérica el mundo islámico estaba unificado bajo un único poder político-religioso, el del califa (sucesor de Mahoma) de la dinastía Omeya que residía en Damasco. Es esta autoridad la que nombra al emir o valí que gobernará al-Ándalus desde Córdoba, su capital, y que se encargará de poner las bases del Estado islámico y de hacer llegar al califa la parte del botín y de los impuestos que le correspondía legalmente. Entre 712 y 756 fueron nombrados 23 valíes o emires.
Asimismo entonces se inicia el proceso de arabización y de islamización de la población hispano-goda, a pesar de que los árabes y bereberes que se instalan en la península son una minoría ―el número total de conquistadores rondaría los ochenta mil o los cien mil hombres, en su mayoría bereberes, mientras que la población local ascendería a unos dos millones de personas―.
Con los cristianos y con las comunidades judías, como «gentes del libro» (dhimmis), se estableció un pacto por el cual no tendrían obligación de convertirse al islam y gozarían de la «protección» (dhimma) del Estado (podrían mantener y construir iglesias y sinagogas, realizar sus concilios, mantener sus clérigos, etc.) a cambio del pago de un tributo (yizia) del que estaban exentos los convertidos a la religión musulmana. Esta permisividad religiosa sería la que explicaría que la islamización de la población peninsular fuera progresiva y que los hispanos que mantuvieron la religión cristiana, aunque adoptando la lengua y las formas de vida árabes —de ahí su nombre de mozárabes—, aún fueran mayoría durante los primeros siglos de Al-Ándalus, frente a los hispano-godos, también arabizados, que se convirtieron al islam, llamados muladíes.
Entre 741 y 743 se produjo una revuelta bereber iniciada en el norte de África y luego extendida a la península. El califa de Damasco envió entonces un gran contingente formado por regimientos sirios cuyos integrantes, tras sofocar la revuelta, se establecieron en al-Ándalus. Casi inmediatamente surgieron las desavenencias entre los recién llegados y los árabes que habían entrado durante la época de la conquista. «De forma más general, la desavenencia sobre quién se haría con el control de al-Andalus fue formulada como la oposición entre árabes del norte (qaysíes) y árabes del sur (yemeníes). Más allá de esta denominación tribal, lo que esa oposición reflejaba en realidad era la existencia de facciones dentro del ejército conquistador», ha señalado Maribel Fierro. «La división interna facilitó que en el año 756 un hábil exiliado, dotado de una poderosa genealogía árabe, pudiera hacerse con el poder», añade Fierro.
Emirato de Córdoba (756-929)
En el año 750 el Califato de Damasco vivió una grave crisis, cuyo resultado fue que los omeyas fueron desplazados del poder (y masacrados) por el clan de los hashimíes, que trasladaron la capital a Bagdad ―el nuevo califa Abu al-‘Abbas as-Saffah dará nombre a la dinastía abasida―. Sin embargo, un joven miembro del clan omeya, Abd al-Rahman, consiguió escapar de Damasco y huir hacia el norte de África buscando refugio entre los bereberes, parientes suyos por línea materna ya que su madre pertenecía a esa etnia. Desde allí contactó con clientes omeyas que vivían en al-Ándalus y cuando consiguió su apoyo cruzó el estrecho. En 756, con la ayuda de los árabes yemeníes, derrotó al emir del momento que se apoyaba en los árabes qaysíes, y se proclamó emir. Nació así el emirato omeya independiente de Córdoba, por lo que al-Ándalus pasó a ser una de las primeras regiones del Imperio islámico gobernadas de forma autónoma. El emirato no fue reconocido por el califa de Bagdad, aunque Abd al-Rahman sí que reconoció a este como suprema autoridad religiosa.
A partir de entonces, como ha señalado Maribel Fierro, «los emires cordobeses se esforzaron por consolidar su control sobre al-Andalus en tres sentidos: haciendo frente a sus opositores internos, evitando el avance de los reinos cristianos y desarrollando una política religiosa y cultural para fomentar una identidad andalusí que fuera proomeya». En cuanto a esta última convirtieron la mezquita de Córdoba, que hubo que ir ampliando conforme aumentaba la población de la capital, no solo en un lugar para el rezo, especialmente el comunitario de los viernes en el que también se proclamaba la obediencia al emir omeya, sino también en un lugar de enseñanza y en la sede del tribunal del cadí y asimismo se preocuparon en formar a los ulemas, los guardianes del derecho islámico al que también estaban sometidos los gobernantes. Al-Hakam I (796-822), hijo de Abd-al-Rahman, no dudó en reprimirlos cuando dieron su apoyo a la revuelta del Arrabal de Córdoba de 818, mientras que su hijo y sucesor Abd al-Rahman II (822-852) optó por entenderse con ellos para asegurar el control de la sociedad. Por otro lado, los gobernantes omeyas favorecieron en exclusiva el malikismo, una de las cuatro interpretaciones suníes del derecho islámico, para de esa forma asegurar la unidad religiosa de al-Ándalus.
Todos los emires omeyas tuvieron que hacer frente a algún tipo de conflicto o de rebelión, protagonizada por árabes, por bereberes o por muladíes (el nombre que recibían los habitantes autóctonos convertidos al islam), especialmente en las zonas fronterizas (la Marca Superior, con capital en Zaragoza; la Marca Media, con capital en Toledo; y la Marca Inferior, con capital en Mérida) donde la obediencia a Córdoba era más frágil (en la Marca Superior la familia muladí de los Banu Qasi, emparentada con los reyes de Pamplona, gobernaba de manera autónoma).
La situación más crítica la vivieron en la segunda mitad siglo IX y principios del siglo X, un periodo de fitna, término árabe que hace referencia a las guerras civiles y a las disensiones violentas entre musulmanes. Algunas de las rebeliones fueron protagonizadas por árabes, como la de Sevilla; otras por bereberes, como la de Santaver; y otras por muladíes. Precisamente la rebelión más importante fue liderada por un muladí, Omar ben Hafsún, probablemente un descendiente de la antigua aristocracia visigoda. Hafsún y sus hijos encontraron apoyos en las comunidades cristianas de la zona de los montes de Málaga, donde establecieron su principal fortaleza, Bobastro. Llegaron a amenazar Córdoba pero finalmente fueron derrotados por Abd al-Rahman III cuando este tomó Bobastro en 928.
El debilitamiento del poder del emir de Córdoba a causa de la fitna fue aprovechado por los pequeños reinos y condados cristianos, que se habían formado en el norte de la península y que habían escapado al dominio de los emires omeyas, para fortalecerse y ampliar sus territorios. El reino de Asturias avanzó hacia el valle del Duero (supuestamente despoblado tras la revuelta bereber de mediados del siglo VIII) y trasladó su capital de Oviedo a León (desde entonces pasó a denominarse Reino de León). También se expandieron, aunque en menor medida, el reino de Pamplona, el condado de Aragón y los condados catalanes. A partir de entonces las expediciones cristianas en territorio andalusí fueron cada vez más frecuentes y audaces. Estaban protagonizadas por los llamados en Navarra y en Castilla infanzones, pequeños propietarios capaces de costearse un caballo y un equipamiento militar. Formaban pequeñas partidas de guerreros que se apoderaban de cautivos y ganado en rápidos golpes de mano para volver después a sus bases.
Califato de Córdoba (929-1031)
En 929, un año después de haber sofocado la rebelión de Omar ben Hafsún, Abd al-Rahman III rompió completamente con Bagdad y se proclamó califa, una decisión trascendental porque rompía la unidad político-religiosa de la comunidad islámica que, en teoría, debía estar dirigida por un único jalifat Allah (‘representante de Dios’), hasta ese momento el califa abasí (entonces un menor de edad que carecía por tanto de los requisitos legales para ser califa, y esa fue una de las razones que esgrimió Abd al-Rahman para arrogarse el título). Los ulemas no se opusieron entre otras razones porque en 909 se había establecido el califato fatimí en Ifriquiya que amenazaba con extenderse hacia el oeste por el Magreb, una zona de vital importancia económica y política para al-Ándalus. Además los fatimíes eran chiítas y por tanto considerados herejes por los andalusíes que eran suníes, la rama mayoritaria del islam. Para hacer frente a la amenaza fatimí Abd al-Rahman III conquistó Ceuta en 931, incrementando de esta forma su influencia al otro lado del Estrecho, y reforzó la flora omeya.
Al proclamarse califa Abd al-Rahman III, que argumentó que el título siempre había pertenecido a su familia, asumió la máxima autoridad religiosa como «señor de los creyentes», que sumó a la autoridad política que los omeyas ya ostentaban desde 756, reforzando así la unidad del Estado islámico andalusí. La proclamación fue acompañada de la acuñación de monedas de oro y de la construcción en las afueras de Córdoba de una espléndida ciudad-palacio que sería la sede del nuevo poder califal: Medina Azahara. Los poetas de la corte cantaron al nuevo califa convencidos de que los estandartes omeyas volverían a Oriente, vaticinio que jamás se cumplió. Tras su proclamación Abd al-Rahman III, una vez había logrado pacificar internamente al-Ándalus, se ocupó de seguir haciendo frente a los reinos y condados cristianos del norte peninsular por medio de campañas militares anuales en sus territorios (aceifas) que no solo buscaban la obtención de botín sino conseguir que la hegemonía andalusí fuera indiscutida.
Sin embargo, Abd al-Rahman III suspendió las aceifas tras el «desastre de Alhándega» de 936, una emboscada en la que el propio califa estuvo a punto de perecer y de la que escapó precipitadamente. En los veinticinco años siguientes de su reinado y los quince de su hijo y sucesor Al-Hakam II dejaron de realizarse y se cambió la política respecto de la frontera. Como ha señalado Eduardo Manzano Moreno, «el grueso de la guarda de las fronteras quedó encomendado a las principales familias aristocráticas que ocupaban territorios y enclaves fronterizos a los que se permitió un régimen de autonomía lo suficientemente amplio como para permitirles contar con sus propias tropas, así como transmitir sus dominios a sus descendientes… Allí donde no existía el dominio de alguna de estas familias, el poder califal fortificaba y guarnecía con sus propios hombres los enclaves estratégicos en la frontera, lugares como, por ejemplo, Medinaceli».
Al-Hakam II (961-976) prosiguió con la obra iniciada por su padre Abd al-Rahman III de convertir a al-Ándalus en el territorio más desarrollado y civilizado de Occidente, capaz de rivalizar dentro del mundo islámico con la mismísima Bagdad. Para ello no solo formó una gran biblioteca sino que él mismo fue considerado sabio y a él se debe el espléndido mihrab de la Mezquita de Córdoba. Como ha señalado Eduardo Manzano Moreno, «desde los tiempos del Imperio Romano no se había conocido una construcción política tan potente en la península».
El sucesor de Al Hakam II, Hisham II (976-1012), al ser menor de edad, delegó los asuntos de gobierno en su hajib (chambelán) Muhammad Ibn Abi Amir, conocido como Al-Mansur (“el vitorioso”) por sus numerosas incursiones de pillaje y saqueo (razias o aceifas) en los reinos cristianos del norte. El poder de Almanzor (como le llamaban los cristianos) estuvo de facto por encima del propio califa —mandó construir su propia ciudad palatina y llevó a cabo una nueva ampliación de la mezquita de Córdoba— pero nunca se planteó suplantarlo, y así se lo aconsejó a sus dos hijos en su testamento. El primero Abd al-Málik al-Muzáffar, que sucedió a su padre en 1002, lo respetó, pero no así el segundo conocido como Abderramán Sanchuelo que en 1009 se hizo proclamar sucesor del califa. La oposición que levantó esta decisión, especialmente entre algunos miembros de la familia omeya, dio inicio a un periodo de inestabilidad política y guerras civiles conocido como la fitna de Al-Andalus. Se sucedieron varios pretendientes a ocupar el puesto de califa, llegándose a apoyar en tropas traídas del norte de África e incluso en tropas cristianas. El palacio de Medina Azahara fue saqueado y la capital califal sufrió masacres y pillaje. Finalmente una familia de clientes omeyas, los Banu Yahwar, junto con otros notables cordobeses, declararon abolido el califato en 1031 y se hicieron con el poder en Córdoba.
Primeros reinos de taifas (1031-1085)
Conforme se fue produciendo la fitna de Al-Ándalus (y la consiguiente desintegración del Califato de Córdoba), se fueron formando estados islámicos independientes que tenían como centro a las principales ciudades de al-Ándalus, y que las crónicas llamarán «reinos de taifas» (‘banderías’, ‘facciones’). Inicialmente se formaron más de una veintena de reinos de taifas, pero este número se fue reduciendo debido a la política expansionista de los más poderosos como los de Sevilla, Granada, Toledo, Zaragoza, Badajoz, Almería y Denia (el territorio de esta última taifa también comprendía las islas Baleares).
En algunos casos los que se hicieron con el poder fueron poderosos linajes locales, que a menudo habían sido nombrados desde Córdoba para ocupar los cargos que ostentaban, como el de cadí. Junto a estas «taifas andalusíes» existieron las «taifas eslavas», gobernadas por esclavos procedentes del este de Europa, de ahí su nombre, que ocupaban cargos administrativos provinciales aunque al tratarse en su mayoría de eunucos no pudieron formar dinastías, y las «taifas bereberes», gobernadas por bereberes nuevos llegados del norte de África, en su mayoría reclutados por Almanzor para el ejército califal, entre los que destacaron los ziríes que se hicieron con el poder en la taifa de Granada.
Como ha señalado Maribel Fierro, «estos reyes de taifas no fueron rebeldes, pues lo que hicieron fue mantener en funcionamiento el engranaje político cuando el centro que lo controlaba desapareció, replicando a pequeña escala la forma en que dicho centro había funcionado». «Se mantuvo además la necesidad de remitirse a una legitimidad superior», añade Fierro. Algunas taifas prestaron obediencia a un falso Hisham II, que habría «reaparecido» tras su muerte en 1013; otras a unos nuevos califas, los hammudíes cuyo fundador era descendiente de Mahoma. «Pero la solución más duradera, como atestiguan las acuñaciones de monedas, fue prestar obediencia a un anónimo Príncipe de los creyentes referido como el immam ‘Abd Allah (servidor de Dios), que podía interpretarse como el califa abasí de Bagdad, pero que no era sino una solución inteligente que salvaba la idea de unidad califal en un contexto en el que no había un dirigente unánimemente reconocido que personificase dicha unidad», ha indicado Maribel Fierro.
Cada uno de los reinos de taifas reprodujeron la organización fuertemente centralizada del Califato y sus capitales respectivas intentaron emular a la Córdoba califal, en su esplendor cultural y artístico, rivalizando con el resto. Un ejemplo notable lo constituye la Aljafería de Zaragoza. Así pues, como ha puntualizado Eduardo Manzano Moreno, «aunque estos reinos han tenido siempre una pésima reputación… lo cierto es que el siglo XI fue en al-Andalus una época de crecimiento económico y esplendor cultural pocas veces visto en la historia de España. […] Ninguno de sus reyes era un fantoche, ni una débil marioneta en manos de sagaces caudillos cristianos, tal y como suelen ser retratados».
Sin embargo, la división de los reinos de taifas les hará más débiles militarmente frente a los reinos cristianos del norte. Algunos gobernantes optaron por tener soldados cristianos a su servicio, como hizo el rey de la taifa de Zaragoza Al-Mutamán con el Cid, pero la mayoría decidieron pagar tributos, las parias, para evitar ser atacados. Esta estrategia fue criticada por muchos andalusíes, lo que llevó a algunos a añorar los tiempos del califato, como se refleja en estos versos:
Las parias supusieron un enorme trasvase de riqueza a los reinos y condados cristianos, con el consiguiente fortalecimiento de estos y el debilitamiento de los reinos de taifas. Así se lo aseguró el mozárabe del condado de Coimbra al rey de la taifa de Granada Abd Allah ibn Buluggin: «cuando no tengáis dinero, ni soldados, nos apoderaremos del país [de al-Andalus] sin ningún esfuerzo». Una primera prueba de que la iniciativa militar estaba pasando a los Estados cristianos fue la Lamego y Coimbra entre 1057 y 1064 y la toma de Barbastro en ese último año por un ejército local y ultrapirenaico, llamado a la «cruzada» por el papa Alejandro II, aunque poco después Barbastro fue reconquistado tras realizarse un llamamiento a la yihad por todo al-Andalus y cuyo principal adalid fue al-Muqtadir, soberano de la taifa de Zaragoza («si nos arrebatan las regiones extremas, no es imposible que ocurra lo mismo con el centro», se decía en el llamamiento redactado por el jurista Yusuf ibn ‘Abd al-Barr). La prueba definitiva fue la conquista de Toledo (Talaytula, en árabe) por Alfonso VI de León en 1085. La ciudad nunca sería recuperada, «marcándose así el comienzo del progresivo retroceso territorial de los musulmanes», ha señalado Maribel Fierro.
Como ha indicado Eduardo Manzano Moreno, «el impacto producido por la toma de la antigua capital del reino visigodo« fue enorme. Era la primera ciudad andalusí de importancia que caía en manos de los cristianos, el primer cambio significativo en el trazado del thagr [frontera] en casi trescientos años». Precisamente el cronista Ali ibn al-Athir (muerto en Mosul en 1233) situó en la conquista de Toledo «la aparición de los francos [los hombres del Occidente latino], el desarrollo de su influencia, los ataques que dirigieron contra los países musulmanes y las conquistas parciales que hicieron. A continuación pasaron a Sicilia y conquistaron esta isla… En 490 [1096] marcharon contra Siria».
Prácticamente todas las fuentes árabes coinciden en situar en esa segunda mitad del siglo XI, tras la fragmentación del califato de Córdoba como consecuencia la fitna, el punto de inflexión en el equilibrio de poder peninsular. Así se constata en las obras de los cronistas de los siglos XII y XIII. «No dejaron de seguir así [divididos en reinos de taifas] y la situación de al-Andalus de debilitarse y sus fronteras de perturbarse y sus vecinos los cristianos de crecer en sus apetitos y de fortalecerse en sus preparativos», escribió el magrebí Abd al-Wahid al-Marrakushi (muerto en 1262). «Entonces el enemigo se manifestó en frecuentes apariciones, sobre todo en las fronteras y en las marcas», escribe el tunecino, probablemente de origen andalusí, Ibn al-Kardabūs.
Al mismo tiempo las fuentes árabes muestran la consolidación de una cierta idea de «patria» (un sentimiento de identidad andalusí) que ya se puede encontrar en época omeya pero que se acentúa en el siglo XI ante la creciente amenaza cristiana. Por ejemplo, el cordobés Ibn Hazm (muerto en 1064) en su epístola de elogio de al-Ándalus (Risala fi fadl al-Andalus) utiliza expresiones como yama’at al-Andalus (‘aljama o comunidad de al-Ándalus’), baladu-na bi-l-Andalus (‘nuestro país de al-Ándalus’) o Andalusi.na hadhihi (‘este nuestro al-Ándalus’).
Integración en el imperio almorávide
La conquista de Toledo en 1085 por Alfonso VI ―«el primer núcleo de importancia en cambiar de manos desde 711»― impulsó a los reinos de taifas, como el de Sevilla, a buscar la ayuda de los almorávides, los miembros de un movimiento religioso y militar islámico que había surgido en el norte de África entre los bereberes sanhaya, camelleros nómadas del desierto que comerciaban con la zona subsahariana, y que defendían la aplicación estricta de la ley islámica y la censura de las costumbres contrarias a la moral religiosa. Bajo el liderazgo de Yusuf ben Tasufín se había expandido por todo el Magreb hasta constituir un extenso imperio con capital en Marrakech. En 1086 cruzaron el estrecho, desembarcando en Algeciras, y se dirigieron a Badajoz, sitiada por los cristianos, y cerca de allí derrotaron a Alfonso VI]] en la batalla de Zallaqa, aunque no pudieron recuperar Toledo. Un cronista árabe interpretó así la victoria de Zallaqa:
Las crónicas árabes justifican la llegada a al-Ándalus de los almorávides casi exclusivamente por el yihad (‘guerra santa’). En la petición de socorro del soberano de la taifa de Sevilla a Yusuf ibn Tasufín para que «impidiese al enemigo ahogar a al-Ándalus» aquel le dice: «Imploro de vuestra santidad, el que paséis a hacer la guerra santa a este enemigo infiel y vivifiquéis (tahyu) la ley del islam y defendáis la religión de Muhammad… Tú tienes soldados de Dios, que compran el paraíso con su vida y van a la lucha con sus armas. […] Confiamos en Dios y en sus ángeles y en vosotros contra los infieles». Ibn Tasufin le responde: «Si Dios me hace conquistar Ceuta, llegaré hasta vosotros y emplearé todo mi esfuerzo en hacer la guerra santa al enemigo». Según el cronista marroquí Abd al-Wahid al-Marrakushi Yusuf ibn Tashufin culpó a los reyes de taifas de que la mayor parte de al-Andalus hubiera caído en manos de los cristianos y se comprometió a devolverla a los musulmanes:
A lo largo de las tres décadas siguientes (entre 1086 y 1116) Yusuf ibn Tasufin (que murió en 1106) y su hijo y sucesor Alí ben Yusuf fueron incorporando al imperio almorávide las taifas de al-Ándalus, incluida la de Valencia, que entre 1094 y 1099 había estado bajo el poder de un noble desterrado de Castilla, llamado Rodrigo Díaz de Vivar, y que los musulmanes conocían como El Cid. «Al-Andalus pasó así a ser gobernada desde Marrakech», ha señalado Maribel Fierro. Y se puso fin al pago de las parias.
Según Maribel Fierro, «los andalusíes aceptaron su sumisión a gentes a las que veían como extrañas por lengua y por costumbres (por ejemplo, los hombres iban velados como los actuales tuaregs) como un mal necesario, siempre y cuando cumplieran con lo que prometían». Su lema era «propagar la verdad, reprimir la injusticia y abolir los impuestos ilegales». Por su parte Julio Valdeón ha señalado que «el rasgo predominante de esta nueva fase de la historia de al-Ándalus fue el rigorismo, lo que se tradujo, entre otros aspectos, en la persecución de las minorías de mozárabes y judíos».
El dominio almorávide comenzó a ser cuestionado cuando establecieron nuevos impuestos (en contra de lo que habían prometido) y, sobre todo, cuando empezaron a sufrir las primeras derrotas a manos de los estados cristianos, la más importante de las cuales fue la pérdida de Zaragoza, conquistada en 1118 por el rey de Aragón y de Pamplona Alfonso I. La desafección de los andalusíes culminó hacia 1145 con numerosas rebeliones encabezadas por cadíes y jefes militares locales y en el Algarbe por el místico Ibn Qasi, y que en ocasiones contaron con el apoyo de los soberanos cristianos. Al mismo tiempo los almorávides tuvieron que hacer frente en el norte de África a un nuevo movimiento, el de los almohades. Fue así como volvieron a reconstruirse los reinos de taifas y todo ello fue aprovechado por los reinos cristianos del norte para dar un nuevo impulso a su expansión. En 1147, el mismo año en que los almohades conquistaban Marrakech, el conde de Barcelona y princeps de Aragón Ramon Berenguer IV conquistaba Tortosa y Lérida y el rey de Portugal Alfonso I Lisboa.
Integración en el imperio almohade
Los almohades (del árabe al-muwahhidun, ‘los unitaristas’) eran otro movimiento de reforma religiosa surgido entre los bereberes masmuda de las montañas del Atlas y cuyo ideólogo era Ibn Tumart, que defendía la «unicidad» de Dios, cuya omnipotencia y omnisciencia predeterminaba todo lo creado. Por ello predicaba la restauración de la piedad y la ortodoxia, el cumplimiento estricto de los preceptos coránicos y la yihad (‘guerra santa’). Fue reconocido como mahdi (mesías) y tras su muerte en 1130 Abd al-Mumin, uno de sus seguidores iniciales, pasó a encabezar el movimiento. En 1147 conquistó Marraquech, la capital almorávide, y se proclamó califa.
Por esas mismas fechas de mediados del siglo XII los almohades cruzaron el estrecho, ocupando primero la zona occidental de al-Ándalus, donde tuvieron que hacer frente al avance del Reino de Portugal, y más tarde la zona oriental donde tuvieron que vencer la fuerte resistencia de Muhámmad ibn Mardanís, rey de la taifa de Murcia. Tras la muerte de Abd al-Mumin en 1172 los almohades ocuparon el resto de estas segundas taifas. Un cronista árabe escribió que Abu Yaacub Yúsuf, hijo y sucesor de Abd al Mumin, «tranquilizó las poblaciones de las fronteras desiertas, contra los ataques de los cristianos, y reconstruyó todos sus muros, y las devolvió al islam, poblándolas, después que estaban desiertas». Así la península ibérica bajo dominio musulmán fue incorporada al imperio almohade, «que unificaba por primera vez todo el Occidente islámico, desde Tripolitania hasta el Atlántico y desde el Sahara hasta al-Andalus», como ha señalado Maribel Fierro.
Los almohades establecieron un nuevo orden basado en el mensaje de Ibn Tumart, uno de cuyos símbolos fue la acuñación de nuevas monedas con una distintiva forma cuadrada. En 1195 demostraron su poderío militar cuando el tercer califa almohade Abu Yúsuf Yaacub al-Mansur derrotó en la batalla de Alarcos a Alfonso VIII de Castilla. Sin embargo, a partir de esa fecha el poder almohade se fue debilitando a causa de las tensiones internas entre los jeques tribales y los llamados talaba (la élite religiosa creada por el primer califa Abd al-Mumin) y entre los miembros de la dinastía reinante y en 1212 eran derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa (de al-Iqab, según las crónicas musulmanas) por una coalición de los reyes cristianos lo que marcó el principio del fin del imperio almohade sobre al-Ándalus dando paso a unas efímeras terceras taifas.
Según el relato del cronista Ibn Idari, el califa Abu Yúsuf Yaacub al-Mansur (muerto en 1199) ya había mostrado en su testamento su preocupación por el futuro de al-Andalus:
Grandes conquistas cristianas tras el desplome del imperio almohade (1228-1248)
[[Archivo:Al-Andalus, siglos XII-XIII.jpg|thumb|Al-Ándalus tras la batalla de las Navas de Tolosa (1212).]]
Según Eduardo Manzano Moreno, «la interpretación tradicional considera que después de las Navas de Tolosa la suerte de al-Andalus estaba echada… Tal visión, sin embargo, es muy inexacta. Los años posteriores a la gran batalla en Sierra Morena no presenciaron grandes conquistas, lo que indica que nada estaba decidido y que el desplome andalusí de los años treinta y cuarenta del siglo XIII fue en buena medida inesperado». Así, no fue casual, advierte Manzano Moreno, «que las grandes campañas aragonesas y castellanas tomaran cuerpo después de 1228, año de la desaparición de la administración almohade en al-Andalus» (una crisis del Imperio Almohade que se inició con el asesinato a fines de 1213 del califa derrotado en las Navas Muhámmad an-Násir). En 1231 el rey de Aragón y conde de Barcelona Jaime I conquistaba Mallorca y en 1238 Valencia y Fernando III de Castilla y León se apoderaba de Córdoba en 1236, de Jaén en 1246 y de Sevilla, la antigua capital almohade, en 1248. Tras estas conquistas el territorio de al-Ándalus quedó reducido al Reino nazarí de Granada, que sobreviviría hasta 1492.
Sin embargo, los cronistas árabes situaron en la derrota de las Navas de Tolosa el inicio de la decadencia de al-Andalus. Fue el caso de Ibn Abi Zar, aunque a continuación ensalzaba las campañas del sultán meriní Abu Yúsuf Yaaqub ibn Abd al-Haqq que «restauró sus ruinas»:
Por otro lado, la expresión providencialista «¡Que Dios la haga volver al islam!», en referencia a la pérdida de al-Andalus, se generalizó entre todos los musulmanes y abundaron los poetas que cultivaron el género elegíaco lamentando esa pérdida, como Abu l-Baka de Ronda:
El ulema Ibn Amira, tras la conquista de Valencia y de Alcira, su ciudad natal, ve con resignación cómo sus habitantes deben abandonar su patria (watan) y su país («nuestro país» o biladu-na) para evitar la muerte o el cautiverio (él mismo emigrará al norte de África donde morirá en 1260). Sobre Alcira escribe:
Los propios musulmanes se plantearon las razones de su derrota frente a los «infieles». El ulema cordobés Al-Qurtubi lo achacó al incumplimiento del deber del yihad:
Los historiadores actuales también han abordado la cuestión. Maribel Fierro ha propuesto tres posibles explicaciones a por qué los andalusíes no consiguieran detener el avance cristiano:
Eduardo Manzano Moreno coincide en cierta medida con Fierro:
Reino nazarí de Granada (1232-1492)
Como ha señalado Eduardo Manzano Moreno, «el único proyecto político que se consolidó en al-Andalus tras la disolución del Imperio almohade en los años treinta del siglo XIII fue el sultanato nazarí de Granada». Su fundador fue Muhammad ibn Nasr —también conocido como Ibn al-Ahmar (el hijo del rojo)—, un individuo de origen modesto aunque afirmaba ser descendiente de un compañero del profeta Mahoma. Los habitantes de Arjona (actual provincia de Jaén) así lo creyeron y posiblemente esa fue la razón por la que en la primavera de 1232 lo proclamaron su soberano. Cinco años después entraba en Granada y a continuación se apoderaba de Málaga (dos de las principales ciudades andalusíes que habían escapado a las conquistas cristianas). Según Eduardo Manzano Moreno, Muhammad logró afianzarse en el poder porque supo aprovecharse del agotamiento de la expansión cristiana. «Los reyes castellanos y aragoneses habían casi duplicado en pocos años sus dominios y empezaban a enfrentarse ahora con la difícil tarea de integrar unos territorios extensísimos dentro de sus reinos», afirma. Así en 1246 el rey de Castilla y de León Fernando III aceptó el vasallaje que Muhammad le ofreció, que suponía el pago de un cuantioso tributo y la obligación de prestar ayuda militar, que cumplió participando en el asedio de Sevilla en 1248. Sin embargo este vasallaje quedó roto cuando apoyó activamente la revuelta mudéjar de 1264-1266 iniciada en Sevilla y en otras localidades andaluzas y luego extendida a Murcia, que fue sofocada por Alfonso X, hijo y sucesor de Fernando III, con la ayuda de su suegro el rey de Aragón y conde de Barcelona Jaime I, que fue quien sometió a la taifa de Murcia.
Tras la muerte de Muhammad ibn Nasr en 1273, su hijo y sucesor Muhammad II, recurrió a la ayuda del sultanato meriní, que había sustituido al Imperio almohade en el dominio del norte de África, para consolidar su dominios y en 1273 un contingente meriní con su sultán Abu Yúsuf Yaaqub al frente realizó varias expediciones en el valle del Guadalquivir. Pero Muhammad II supo evitar que su reino fuera incorporado al sultanato norteafricano, como había sucedido anteriormente con los almorávides y los almohades, aunque esto tuvo sus costes como fue la conquista de Tarifa por Sancho IV de Castilla, hijo y sucesor de Alfonso X, en 1291. «De esta forma, a la muerte del segundo soberano nazarí en 1302, el reino de Granada no sólo estaba ya políticamente consolidado, sino que además contaba con una frontera bien establecida que habría de mantenerse durante las confusas circunstancias que habrían de presidir el siglo XIV», ha señalado Eduardo Manzano Moreno.
Maribel Fierro coincide con Manzano Moreno, cuando señala como una de «las razones que hicieron posible la pervivencia del reino nazarí» «la habilidad diplomática de los nazaríes», a la que añade «un territorio montañoso que dificultaba la penetración del enemigo, un poblamiento denso por la presencia de refugiados de los territorios perdidos por los musulmanes, las disensiones internas de los cristianos que impedían hacer acciones conjuntas, el recurso por parte de los nazaríes a la ayuda militar de los miriníes y el pago de cuantioso tributo a los cristianos». Esto último fue posible, añade Fierro, «gracias a una floreciente economía, basada en un rica agricultura que incluía el cultivo de la caña de azúcar y de la seda, y en un contexto muy activo en el que participaron mercaderes extranjeros como los genoveses».
A lo largo de los siglos XIV y XV las hostilidades en la frontera fueron constantes con continuas razias en territorio enemigo por ambas partes (interrumpidas por treguas para el intercambio o el rescate de cautivos). Todo cambió en 1482 cuando los Reyes Católicos, los soberanos tanto de la Corona de Castilla como de la Corona de Aragón, decidieron defender Alhama, fortaleza estratégica conquistada en febrero por un grupo de nobles andaluces en respuesta a la toma y ocupación nazarí de Zahara, situada en la frontera, el año anterior. Se inició así la larga y dura Guerra de Granada.
«Es inútil insistir sobre las ventajas políticas de la operación: había que completar la unificación del territorio haciendo desaparecer la amenaza que representaba, al sur, ese Estado musulmán, siempre posible aliado de los turcos en el Mediterráneo», ha señalado Joseph Pérez. Los reyes Fernando e Isabel se propusieron «cerrar el último y definitivo capítulo de existencia del poder islámico peninsular», ha apuntado Rafael Narbona Vizcaíno. «El sultanato nazarí fue, en cierta forma, víctima de sus propios éxitos: sus riquezas y su extraordinario potencial [un territorio ampliamente poblado cuyas ciudades conocieron una gran expansión y cuyas zonas rurales estaban orientadas a cultivos comercializables, tales como la caña de azúcar o las pasas, así como a la elaboración de sedas] atrajeron la sed de conquistas cristianas», ha señalado Eduardo Manzano Moreno. En una carta que los Reyes Católicos enviaron al sultán de Egipto, que había protestado ante el papa por las acciones bélicas de los cristianos, justificaron así su derecho la conquista de Granada:
En agosto de 1487 Fernando el Católico tomó Málaga, «después de un largo asedio de cuatro meses, en el que se utilizó la artillería, y que produjo centenares de muertos, después de que se interrumpieran los suministros a los habitantes. Las penas para la población fueron durísimas, incluyendo la esclavización y el ajusticiamiento de quienes habían liderado la resistencia». Dos años después, en junio de 1489, comenzaba el sitio de Baza, que será el más largo de toda la guerra. La ciudad se rinde el 4 de diciembre y una semana después el sultán Mohámed XIII «el Zagal» capitulaba y entregaba las ciudades de Guadix y Almería —exiliándose en Orán—. En ese momento ya solo quedaba por conquistar la capital en manos del rival de «el Zagal», Abdallah «Boabdil». Tras reunir un formidable ejército, los Reyes Católicos establecen a partir del 9 de junio de 1491 su cuartel general a las puertas Granada, en el Real de Santa Fe. Seis meses después Boabdil se rendía y los Reyes Católicos hacían su entrada en la ciudad el 2 de enero de 1492.
Las condiciones de la rendición habían sido pactadas el 25 de noviembre y en ellas los conquistadores «aceptaron la conservación de los bienes y propiedades inmuebles de la población, la pervivencia de la ley y de las autoridades islámicas, la conservación del sistema fiscal preexistente sin añadir novedades, la liberación de todos los cautivos cristianos de Granada respetando su religión en caso de haber profesado el islam, además de dejar abierta la posibilidad de emigración libre y gratuita con naves bajo la protección real, que los conducirían a los puertos de Argelia, Túnez o Marruecos». Con estas garantías las elites dirigentes optaron por marcharse, incluido el propio Boabdil que emigró a Fez donde fue bien acogido, mientras que la mayoría de la población decidió quedarse, conservado su organización social prácticamente sin cambios.
Véase también
- Al-Ándalus
- Anexo:Cronología de al-Ándalus
- Arte de al-Ándalus
- Ciencia en al-Ándalus
- Gastronomía de al-Ándalus
- Derecho en al-Ándalus
Notas
Referencias
Bibliografía
Fuentes primarias
- Fath al-Andalus (Historia de la conquista de España), códice arábigo del siglo XIII, ed. y tr. por Joaquín de González, Argel, 1899. Basado en el manuscrito Algiers 1143, ff. 62-92. Ficha de la obra en el CSIC.
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Al-Ándalus fue el territorio hispano dominado por los musulmanes durante cerca de ocho siglos (casi toda la Edad Media). Los invasores entraron con fuerza en la península ibérica, pero con el paso del tiempo sucumbieron ante la pujanza de los reinos cristianos y de sus propias debilidades internas. A destacar su magnífico legado cultural y artístico. Definición de al-Ándalus ¿Qué fue.. En esta lección de unProfesor te explicamos de forma fácil para estudiar la historia del Al-Andalus y, además, te ofrecemos un mapa histórico del Al-Andalus en el que podrás ver el territorio que conquistaron los musulmanes durante estos siglos. Entre los siglos VIII y XV los musulmanes se hicieron con prácticamente todo el territorio de la península ibérica, concretamente entraron en.